Ana Jiménez Pita

Los chicos de la banda, 9 retratos homosexuales.

El final de la década de los 60 es una época fundamental para los derechos de las personas gays, en 1969 se producen los disturbios y manifestaciones de Stonewall en Estados Unidos. En 1968 Mart Crowley presentó su obra de teatro “Los chicos de la banda” una pieza dramaturga revolucionaria y que escandalizó en gran medida porque sus personajes eran abiertamente gays en una época en la que no deberías mostrarte como tal. En 2018 Joe Mantello, con un gran respeto a la obra original, decidió dar una nueva vida a la obra en Broadway, esta vez contando con un elenco de actores gay. Y ahora contamos con una producción cinematográfica, una versión producida por Ryan Murphy y dirigida por Joe Mantello con los mismos actores de la última versión de Broadway.

Manteniéndose fiel al espíritu de la obra, la película respeta la unidad de tiempo, una noche durante la celebración de una fiesta de cumpleaños y de lugar, el piso de uno de los protagonistas. Elaborándose así una película contenida en la que la sensación de contención es fundamental. El protagonismo, por la misma razón, lo tiene el diálogo. Las conversaciones y acusaciones de los 9 protagonistas, las bromas, la ironía, los comentarios que parecen puñaladas. Creando así un constante discurso sobre cada uno de los personajes, y cómo son vistos por el resto de los hombres que les acompañan. Michael (Jim Parsons) es el nexo común de la película, el que comienza la conversación y desde el cual da inicio uno de los conflictos que atraviesa la totalidad de la historia, la aceptación de la sexualidad. Su actuación desborada la película con una evolución que le va degradando poco a poco hasta llegar a la ansiedad. Michael se enfrenta a todos los personajes, desde su elegancia, su clase media, su intelectualidad y recordando constantemente que durante la universidad nadie sabía que era homosexual, ni siquiera él. Se convierte la casa de Michael, donde está teniendo lugar la celebración del cumpleaños de Harold (Zachary Quinto), en un campo de batalla en el que Michael intenta averiguar qué es el amor homosexual, y porqué tienen que vivir con miedo de que el resto de la sociedad los denigre o los perciba como monstruos. Este papel de monstruo está encarnado en Alan (Brian Hutchison), la imagen de la represión que llama llorando a Michael, se presenta en su casa sin avisar y le juzga por ser quien es. No es difícil observar que el discurso de la película gira en torno al rechazo, el rechazo a la aceptación de la identidad ajena y propia; y el odio, pero poniendo el foco en el dolor homosexual que ha causado ese odio. El diálogo constante, las idas y venidas de los personajes, provocan que se de lugar a una película de ritmo dinámico que se mantiene durante toda su duración sin caer en el frenetismo, más bien la evolución de las emociones de forma paulatina hasta alcazar el climax.

El elenco es completado con actuaciones brillantes de Zachary Quinto, cuyo personaje, gay y judío, se convierte en una constante de cometarios siempre de doble filo; Matt Bomer, Michael Benjamin Washington, Robin de Jesús, Andrew Rannells y Tuc Watkins. Cada uno representando una masculinidad, una forma de vivir y experimentar la sexualidad, y cada uno con sus propios conflictos internos que se dejan ver en la película, aunque no se exploran en profundidad dejando que el grueso del discurso solo represente la homosexualidad blanca prominentemente de clase media. Barnard, el personaje gay y negro, le hecha en cara su privilegio a Michael cuando este se refiere a él con términos racistas. Es un personaje intelectual pero que sigue reconociendo que no es como el resto de sus amigos, no es blanco. Emory, de origen latino, es el personaje con pluma, al cual Alan agrede por esa razón, ya es suficiente que sea gay, no debería mostrarlo. La película presenta a estos personajes complejos y confundidos, pero no se puede dejar de reconocer en ellos la camaradería, el apoyo mutuo y constante.

Por eso, aunque la película presenta un final ambiguo, en el que no se sabe si se ha vuelto a caer en mostrar la homosexualidad como algo mísero, también se deja ver la esperanza, la confianza en la pareja, el amor, el deseo y también la lucha futura. Por esa razón, me inclino a pensar que pese a la constante miserias de la homosexualidad que la película saca a la luz, predomina una sensación de futuro y de esperanza a través del humor, de la ironía, pero nunca de la sátira y tampoco ridiculizando a los hombres que la protagonizan. Quizás se podría hablar una película tragicómica en la que la lucha continúa, los personajes van a seguir cuestionando su identidad, pero se tendrán el uno al otro para recordarse quienes son.

 

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