Ana Jiménez Pita

Sí a la parodia autoconsciente, no a narrativas vagas y desmedidas.

Los muertos no mueren de Jim Jarmusch.

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La parodia como metaficción es uno de los recursos más poderosos del cine para actualizar los argumentos eternos, claro está, que estos deben estar dignamente desarrollados y con profundo conocimiento de ritmo y lenguaje fílmico. Si no tendríamos una amalgama de referencias, bromas, chistes y un público confundido que reconoce la base de la que parte la parodia, pero no comprende su motivo. Jim Jarmusch recupera en Los muertos no mueren la narrativa seminal de Romero en La noche de los muertos vivientes, eso sí con un tono paródico y guiños a la original.

En Centerville probablemente un ciudad pequeña y asilada del interior de Estados Unidos comienzan a notar que la desviación del eje terrestre provoca nuevos comportamientos en el pueblo, los animales desaparecen, los días son más largos y los muertos enterrados en el cementerio, Iggy Pop no deja de sorprenderme, salen de sus tumbas hambrientos de carne humana y café. No es sorprendente, los primeros minutos de la película nos dirige al cataclismo de la imagen en la que la mano sale de la tumba, las preguntas evidentes, las respuestas evidentes, la música y el conocimiento de la narrativa de Romero, no sorprende al espectador llegado el momento, le saca una sonrisa porque el director, los actores y él comparten un mismo contexto. La parodia tiene esa capacidad, es el reconocimiento de una unión más allá de la ficción. Por ello considerarlo anticlimático es evidente si el público no está preparado para cuestionar y analizar el contexto fílmico del que dispone el director. Lo esencial de la obra de Jarmusch es la seriedad con la que afronta el reto de actualizar la narrativa del zombie, tomándose en serio a sí misma y no dejando que la parodia resida en la broma desmesura, algo muy cercano a lo que hacía Edgar Wright en Shawn of the Dead, en la que una puesta en escena impoluta una vez mas en su trilogía del Cornetto, envolvía una trama que interrogaba la construcción del humor a través de los zombies. De todas maneras, en Los muertos no mueren, la necesidad de crear una metaficción inteligente y compleja lleva a la película a lo absurdo, a la incompetencia y la fragmentación de acción y personajes, lo que deriva en entonces, en una necesidad de reconocer la construcción de la película, remarcar que hay una realidad que trasciende la ficción.

En el arte de la postmodernidad hay un interés de llevar acabo todas estas lecturas de manera desconcertada, remarcar la ambigüedad, las diferencias y similitudes entre la ficción, los sueños, las fantasías y la mera realidad. La cuestión es entonces si mencionar la participación de la dirección es una buena idea, mencionar de manera directa que la pantalla que estamos viendo es en realidad una simple proyección. En Los muertos no mueren no se produce una identificación por parte de los espectadores con los personajes, porque la narrativa tan fragmentada de la que hace gala se lo previene, eso es lo que los permite esperar y reírse de cada una de las muertes, generando una importante diferencia con el dramatismo incipiente de la muerte que construía Romero, dejando que la esperanza del público fuera en vano con cada una de las pérdidas que se producían. Pero lo que produce la desconexión completa con el objetivo de genera humor es sin duda la inclusión de personajes sin motivación, ¿cuál es el objetivo de crear un personaje interesante y misterioso como el Tilda Swinton encarnando a una maníaca funeraria sino lo desarrolla? Ninguno. Los personajes aun vivos siguen siendo zombies que se mueven por las calles de la ciudad sin objetivos, intereses y profundidad alguna.

Eso guía Jarmusch a incluir un cierta seriedad, con un personaje completamente externo que funciona en ciertas partes de la película como una narrador omnisciente, lo cual no deja de ser paradójico pues cada uno de los personajes pueden actuar con omnisciencia en el rango de metaficción que crea la película, lo que lo protegería entonces de ser un zombies peligros, y ensimismado consigo mismo, lo interesante de este concepto es que la narrativa no nos ha dejado ver que esos personajes son realmente egoístas y narcisistas, sí el personaje interpretado por Selena Gómez y su banda, parece que tiene una conexión con la apariencia desmedida pero nunca llegan a ser un ejemplo del egoísmo de la sociedad contemporánea que parece definir Jarmush en su entrevista a So Film al mencionarlos como “los zombies de los móviles”. Lo que parece el clímax absoluto de la película se convierte en un discurso necesario, pero igualmente fragmentado, que sí provoca el distanciamiento del público de lo que está viendo. La lectura política u social que se quiere hacer podría ser especial, importante si Jarmusch la sacara de los guiños en las gorras de los personajes (Steve Buscemi viste una gorra en la que se lee “Hacer América blanca otra vez” como guiño directo a Trump y al contexto social en el que se ambienta la película) o los discursos y dejara visualizar bien y con profundidad las acciones de los personajes que guían al planeta tierra actual a la destrucción.

En cualquier caso, Los muertos no mueren, pese a ser una película cuyas acciones residen demasiado en la dependencia de reconocer la ficción, sigue siendo una pequeñas películas tomada en serio que cuestiona la naturaleza del humor, y de la reacción del espectador mientras que los espectadores habituales de Jim Jarmusch se sentirán como en casa perteneciendo a esta familia.

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