Ana Jiménez Pita

Sita, Kate Millet y la fotografía

La memoria de Kate Millet Sita hace gala de una de las definiciones más acertadas y visuales sobre la fotografía:

“[…] con una fotografía, pensé, si la fotografiaba, seriamente, convirtiéndolo en arte, con la concentración y la pasión del arte y conociéndola como la conozco, por completo, con mimo obsesivo, reverencia, ternura por su gran y a veces escondida belleza. Entonces la tendría, la poseería de un modo perfecto en cierta manera, la tendría conmigo cuando estuviera ausente, seguiría siendo la misma aunque hubiese cambiado, sería algo que yo he descubierto, desenterrado, dado vida, adorado y plasmado con una perfección atemporal”

Kate Millet está hablando de Sita, su amante, cuando la relación entre ambas estaba pasando un mal momento, ambas se sentían insatisfechas, la comunicación no fluía, Kate quería más y Sita quería menos. Por esa razón, Kate Millet quiere poseer al completo a Sita, aunque sabe que eso ahora mismo es imposible, su cuerpo, sus emociones estaban siendo prestadas a otras personas no a Kate, quiere poseerla al completo, solo para ella o por lo menos hasta que Kate vuelva a Nueva York y Sita se quede en California. Millet debate a lo largo de esta obra sobre la definición que ella tiene sobre el amor, la posesión, los celos, el sexo, aunque en la mayoría de las ocasiones conscientemente Kate Millet trunca sus ideales políticos y sociales sobre el amor libre, las relaciones, pero se siente sola, quiere comprender a Sita pero también quiere esta la comprenda a ella.

La memoria de Millet dibuja una relación amorosa compleja, llena de inseguridades, de soledad, de manipulación. Pero no deja de ser un punto de vista, el de la narradora más o menos fiable que resulta Millet, se desgrana así misma, dejándonos plasmados sus pensamientos “Amar no es más que permitir que la otra persona sea, viva, crezca, se expanda, evolucione. Un aprecio que no exige esperar nada a cambio”. Se cuestiona sus pensamientos página tras página, pero también nos presenta una realidad muy cerrada, la suya. Es, al final, como ella vive su relación con Sita.

La fotografía como la define Sontag en On photography combina “voyeurism and danger”, películas como El fotógrafo del pánico ( Michael Powell, 1960) han convertido a la cámara de fotos en una metáfora del arma, de fantasía masculina de control. Sontag decide no llevarlo a ese extremo, aunque como menciona en su ensayo “[…] there is something predatory in the act of taking a picture. To photograph people is to violate them, by seeing them as they never see themselves, by having knowledge of them they can never have; it turns people into objects that can be symbolically possessed”. Kate Millet al hablar en el fragmento citado anteriormente de la fotografía de Sita, está hablando de ella, del deseo de petrificar a Sita convertirla en un objeto bajo la mirada del control que sustenta la imagen fotográfica. En una posición la de voyeur que ha estado habitualmente reservada para los hombres, son ellos los que miran a las mujeres como menciona John Berger, “Thus se turns herself into an object — and most particularly an objecto of vision: a sight”.

La diferencia, parece, es que la posición de Millet como fotógrafa no es la de querer limitar a Sita, pero siente que más allá de esa fotografía se le esta escapando entre los dedos, que una vez que baje la cámara Sita habrá desaparecido. La fotografía en esta ocasión no es una metáfora de “asesinato” pero sí es un recordatorio, es un recordatorio perfecto de una verdad, aquella pasión y amor que se profesaron ambas mujeres, real y tangible. De hecho, es consciente de sus contradicciones de la libertad sexual pero también de que a través de ciertas acciones ella se ha convertido en “el marido carcelero” como lo denomina en la memoria, esa figura masculina controladora, posesiva y celosa, incluso llegando a mencionar que quizás no es “capaz de vivir siendo fiel a mis ideas”.

Pero esta analogía con la fotografía no solo está presente de forma directa cuando habla de la fotografía o de fotografiar, la esencia de capturar a Sita, su alma, a través de su mirada atraviesa toda la obra, al estar repleta de descripciones de Sita que la monumentalizan, que la idealizan tras los focos de lo que es romance, incluso se recalca su figura llena de exotismo:

“La miré directamente a los ojos cuando entró dentro de mí. La miré fijamente y no veía nada. Sus ojos de indígena. Bajo la hermosa máscara de mujer cariñosa y sensual, mucho más al fondo, esa inescrutable aborigen enterrada por ella misma, terca.” O “Aguanto la respiración. Su belleza. ¿Alguna vez había sido tan bella? Abre los ojos y ya me tiene. […] Sus ojos. Tan marrones.”

Las descripciones de Sita llenan la memoria de Kate Millet porque hubo un momento de su vida en el que Sita era una forma de describirse así misma, una persona que la ayudó cuando más lo necesitaba, que la amó, que la sedujo. A través de este libro la consciencia y personalidad de Millet afloran hasta en lo más recóndito de la descripción de otra persona. Porque por algo ella es la narradora, la fotógrafa, como lectores no seremos capaz de abandonar en una sola página la mirada llena de cariño y dolor de Kate Millet. Porque como escribió Susan Sontag: “[…] picture-taking is both limitless technique for appropriating the objective world and an unavoidably solipsistic expression of the singular self.”

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